El mandatario francés aseveró que con el fin del capitalismo financiero se termina una época.

Apuntó que “la idea de que el mercado siempre tiene razón es absurda”.

Agregó que esta misma preocupación la comparte la canciller alemana Ángela Merkel.

Como reacción a la actual crisis bancaria, el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, instó a los líderes políticos de todo el mundo a reunirse antes de fines de año para debatir en una conferencia sobre una reforma del sistema financiero global.

“Hay que reconstruir todo el sistema financiero y monetario mundial desde la base, como se hizo después de la Segunda Guerra Mundial en Bretton-Woods”, acotó Sarkozy en un discurso en Toulon.

Fuente: www.elpregon.org

Lo que tantos años atras, llevan reivindicando unos pocos, ahora ya está en boca de todos. El sistema no funciona. Todo él, está en crisis. El Presidente de la República Francesa ha dado un discurso, propio de Presidentes de paises más desfavorecidos. Pero, ¿cuando nos hemos dado cuenta de esto?; Ahora, que aqui no funciona. Ahora, que estallan unos problemas que son fruto de la especulación financiera. Sin embargo este sistema nunca funcionó en la parte desfavorecida del planeta. ¿Que pasará ahora?. ¿Como se reestructurará todo el sistema financiero?. Le pondrán un nuevo vestido, y nos lo venderán como revolucionario. Por lo menos cada vez son más los ojos críticos que saben pensar por sí mismos. Abajo la dictadura del capitalismo, del consumo. . .

Madrid, 17 de octubre de 2008.- “Tenemos que gritar muy alto que la crisis no es de ahora, porque un mundo en el que la mitad de la población vive a la intemperie, sin derechos ni oportunidades, es un mundo en crisis”. Con estas palabras, el dúo Gomaespuma se dirigía a las decenas de miles de personas que hoy han recorrido el centro de Madrid para exigir a la clase política medidas urgentes y definitivas contra la pobreza que, sólo en este año, ha dejado 50 millones más de personas con hambre, llegando al crítico número de casi mil millones de seres humanos en todo el planeta.

La Alianza Española contra la Pobreza, compuesta por más de mil organizaciones de sociedad civil, quiere denunciar que resulta intolerable que 30.000 niños y niñas mueran cada día por causas evitables cuando los gobiernos de los países desarrollados han demostrado ser capaces de poner sobre la mesa, de un día para otro, cientos de miles de millones de euros para rescatar a los bancos afectados por la crisis financiera. Igualmente la Alianza quiere advertir con esta movilización a los líderes mundiales que no se pueden escudar en esa crisis para recortar su ayuda al desarrollo. Precisamente, entre las medidas que la Alianza reivindica, destacan alcanzar el 0’7% de la RNB para ayuda al desarrollo con la máxima urgencia, así como abolir el 100% de la deuda externa de los países menos avanzados y eliminar los privilegios de los países ricos en las normas de comercio internacional. “Estamos orgullosos de la respuesta ciudadana y tenemos que seguir presionando todos juntos para que esta exigencia unánime se convierta en avances reales”, manifestaba al término de la manifestación de Madrid el portavoz de la Alianza, José Mª Medina.

Más de medio centenar de ciudades se sumaron hoy al llamamiento en nuestro país y otras muchas continuarán haciéndolo hasta el domingo. Pueden ver las citas en http://www.rebelatecontralapobreza.org Las personas que no puedan desplazarse hasta uno de esos puntos podrán también exigir “en su nombre” el cumplimiento de los compromisos a través de la ciberacción que la Alianza ha puesto en marcha en esa misma web.

Texto extraido de: http://www.rebelatecontralapobreza.org/spip.php?article539

El mundo pinta naturalezas muertas, sucumben los bosques naturales, se derriten los polos, el aire se hace irrespirable y el agua intomable, se plastifican las flores y la comida, y el cielo y la tierra se vuelven locos de remate.

Y mientras todo esto ocurre, un país latinoamericano, Ecuador, está discutiendo una nueva Constitución. Y en esa Constitución se abre la posibilidad de reconocer, por primera vez en la historia universal, los derechos de la naturaleza.  

La naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la llamada que suena desde este país andino, y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí: “Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”.  

Un objeto que quiere ser sujeto. Durante miles de años, casi toda la gente tuvo el derecho de no tener derechos.  

En los hechos, no son pocos los que siguen sin derechos, pero al menos se reconoce, ahora, el derecho de tenerlos; y eso es bastante más que un gesto de caridad de los amos del mundo para consuelo de sus siervos.  

¿Y la naturaleza? En cierto modo, se podría decir, los derechos humanos abarcan a la naturaleza, porque ella no es una tarjeta postal para ser mirada desde afuera; pero bien sabe la naturaleza que hasta las mejores leyes humanas la tratan como objeto de propiedad, y nunca como sujeto de derecho. 

Reducida a mera fuente de recursos naturales y buenos negocios, ella puede ser legalmente malherida, y hasta exterminada, sin que se escuchen sus quejas y sin que las normas jurídicas impidan la impunidad de sus criminales. A lo sumo, en el mejor de los casos, son las víctimas humanas quienes pueden exigir una indemnización más o menos simbólica, y eso siempre después de que el daño se ha hecho, pero las leyes no evitan ni detienen los atentados contra la tierra, el agua o el aire.  

Suena raro, ¿no? Esto de que la naturaleza tenga derechos… Una locura. ¡Como si la naturaleza fuera persona! En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de Estados Unidos disfruten de derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados Unidos, modelo de la justicia universal, extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas. La ley les reconoció los mismos derechos que a las personas, derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad y a todo lo demás, como si las empresas respiraran. Más de 120 años han pasado y así sigue siendo. A nadie le llama la atención.  

Gritos y susurros. Nada tiene de raro, ni de anormal, el proyecto que quiere incorporar los derechos de la naturaleza a la nueva Constitución de Ecuador. 

Este país ha sufrido numerosas devastaciones a lo largo de su historia. Por citar un solo ejemplo, durante más de un cuarto de siglo, hasta 1992, la empresa petrolera Texaco vomitó impunemente 18 mil millones de galones de veneno sobre tierras, ríos y gentes. Una vez cumplida esta obra de beneficencia en la Amazonia ecuatoriana, la empresa nacida en Texas celebró matrimonio con la Standard Oil. Para entonces, la Standard Oil de Rockefeller había pasado a llamarse Chevron y estaba dirigida por Condoleezza Rice. Después un oleoducto trasladó a Condoleezza hasta la Casa Blanca, mientras la familia Chevron-Texaco continuaba contaminando el mundo. 

Pero las heridas abiertas en el cuerpo de Ecuador por la Texaco y otras empresas no son la única fuente de inspiración de esta gran novedad jurídica que se intenta llevar adelante. Además, y no es lo de menos, la reivindicación de la naturaleza forma parte de un proceso de recuperación de las más antiguas tradiciones de Ecuador y de América toda. Se propone que el Estado reconozca y garantice el derecho a mantener y regenerar los ciclos vitales naturales, y no es por casualidad que la Asamblea Constituyente ha empezado por identificar sus objetivos de renacimiento nacional con el ideal de vida del sumak kausai. Eso significa, en lengua quechua, vida armoniosa: armonía entre nosotros y armonía con la naturaleza, que nos engendra, nos alimenta y nos abriga y que tiene vida propia, y valores propios, más allá de nosotros. 

Esas tradiciones siguen milagrosamente vivas, a pesar de la pesada herencia del racismo que en Ecuador, como en toda América, continúa mutilando la realidad y la memoria. Y no son sólo el patrimonio de su numerosa población indígena, que supo perpetuarlas a lo largo de cinco siglos de prohibición y desprecio. Pertenecen a todo el país, y al mundo entero, estas voces del pasado que ayudan a adivinar otro futuro posible. 

Desde que la espada y la cruz desembarcaron en tierras americanas, la conquista europea castigó la adoración de la naturaleza, que era pecado de idolatría, con penas de azote, horca o fuego. La comunión entre la naturaleza y la gente, costumbre pagana, fue abolida en nombre de Dios y después en nombre de la civilización. En toda América, y en el mundo, seguimos pagando las consecuencias de ese divorcio obligatorio.

Texto extraido de ” http://www.rel-uita.org/contratapa/galeano-4.htm

El otro día leí una historia real que os quiero explicar. Transcurre en Alemania, en el comedor de una universidad de allí, donde una joven teutona, tras dejar la bandeja de su comida en la mesa se da cuenta con fastidio que se ha olvidado los cubiertos. Acude otra vez al mostrador a por ellos y, al volver, se encuentra con una sorpresa: un joven negro se está zampando tranquilamente su comida.

Pasada la sorpresa inicial, la joven piensa que, probablemente, ese joven negro está tan necesitado que no tiene ni el dinero suficiente para pagarse una comida en los económicos comedores universitarios (porque son económicos para el alto nivel de vida de un alemán, claro). Así que decide sentarse frente a él esgrimiendo una amplia sonrisa. El chico se la devuelve, tímido. Ella, ni corta ni perezosa, comienza a comer también del plato. Así, en armonía, entre sonrisas, se van zampando en ordenado turno la ensalada ella, el pollo él; el pan él, las galletas ella; el yogur ella, la pieza de fruta él. Una vez concluida la comida, el joven negro se levanta y se despide de ella con otra nueva sonrisa tímida.

Cuando el joven se va, la alemana descubre en la mesa que hay justo detrás su abrigo colgando del respaldo de la silla y su plato de comida intacto.

Así que, quien pretendía estar dando una lección de civismo, la recibió en plena cara. La joven —con toda la buena voluntad del mundo, seguro— pretendió demostrar su alto nivel de educación y acabó recibiendo toda una lección de quien se supone que proviene de un lugar destartalado, mugriento, a años luz de nuestro bendito occidente.

Y es que ese es uno de los riesgos de caer en la contemplación de los otros con condescendencia. Asumimos que los pobres —pobres somos todos, entiéndase aquí a los que están el último escalón— son menos educados que nosotros porque para algo son pobres, ¿no? Hay en ese especial mimo maternalista por las minorías marginadas una semilla de soberbia, de creerse superior, de proteger cual madre superiora, pobrecitos que descarriados están. Si esa chica hubiera preguntado al joven negro por qué estaba comiendo de su plato, todo se hubiera aclarado y no hubiera pasado de una mera confusión solucionada con una sonrisa ruborizada por parte de la joven. Pero presupuso que, por ser negro, era pobre y, encima, maleducado, pero de esa mala educación que se supone que viene ligada a la pobreza.

Y leyendo esa historia me vino a la memoria la visión que tuvieron mis padres cuando estaban en Sevilla celebrando sus bodas de plata. Comiendo pescaditos en una terraza sevillana, un chavalito iba pidiendo unas monedas. Mis padres le dieron algo, no recuerdo cuánto. Otros no dieron nada. Pero cuando el niño llegó a la mesa donde un harapiento pobre daba cuenta de una barra de pan, un paquete de quesitos y un vaso de vino que había pedido, este, ni corto ni perezoso, partió la barra por la mitad y le dio varios quesitos, tras lo cual siguió zampando tranquilamente.
Mis padres siguieron con su comida, pero no pudieron evitar que les dejara un sabor rancio: quien menos tenía compartió, sin esperar gratitud ni nada a cambio.

Nada que ver con esa gente que, cuando entra alguien a una tienda o a un bar pidiendo, elevan la voz diciendo aquello de: “no le des ná, ¡que seguro que es pa gastárselo en vino!”.

A estos sí les vendría bien un buen vaso de vino. Pero para ayudarles a tragar esa mezquindad y esa soberbia que se les ha quedado atascada en la garganta. Y lo peor es que tipo de comentarios vienen muchas veces de personas que están en el límite, que, en cualquier momento, pueden caer en la miseria. Pero, por lo visto, la miseria se trata como si fuera una maldición: la conjuramos y se va. El enemigo es el pobre, el borracho, el enfermo, el mutilado, el débil.

Pues se olvidan de una cosa: nosotros no somos los descendientes de los reyes, ni de los vencedores. Somos los descendientes de los que superaron las pestes, las hambrunas, las guerras, las sucesivas explotaciones por parte del amo de turno.

La historia, pues, nos pertenece. Eso sí, toca a cada uno ser consecuente o no con ella.

O eso, o seguir mirando a los que están peor que nosotros por encima del hombro, actitud que lejos de mostrar fortaleza sólo sirve para esconder el miedo. El miedo a que mañana sea yo el que esté así, sin nada más que mi desnuda humanidad para enfrentarme al mundo.

La Chureca

octubre 2, 2008

Ha pasado ya más de un mes desde aquella experiencia y no creo ser capaz de expresar con palabras los hechos y mucho menos los sentimientos que afloraron en todos nosotros y que conformarán las personas que seremos mañana.

 

La Chureca es un basurero situado en plena capital de Nicaragua (Managua). Toneladas de basura que se extienden desde el lago arrasando todo lo que encuentran por delante. Pequeñas comunidades que tienen como vecinos los desechos, el olor penetrante y los vapores tóxicos que emanan de la montaña. La llamo montaña por que realmente La Chureca es un aglomerado de basura de más de 25 metros de altura, con distintos niveles y caminos que hacen que se asemeje a un grupo de colinas.

 

Acompañados por la encargada del proyecto para rehabilitar la zona nos adentramos en lo más profundo cuando ya todos habíamos visto y sufrido lo suficiente. Nuestra alma se encogía por momentos. Las heridas fueron muy profundas y no cicatrizarán nunca.

 

Llegamos en dos furgonetas pick-up y nos recibió un grupo de guardas que nos dio permiso para entrar. Unos chavalos se acercaron a nosotros, su subían a las furgonetas, hablaban y pedían algo para comer. Casualmente llevábamos algunos plátanos que devoraron. Pedían dinero y les dijimos que no podíamos dárselo, situación con la que te encontrarás cientos de veces y que siempre te sobrecogerá por muy curtido que estés. Para nuestra sorpresa, al rato de estar con los chavalos algunos de nosotros llevábamos cáscaras de plátano en los bolsillos. Los niños para sobrevivir y llevar algo de plata con la que colaborar en la economía familiar habían desarrollado la habilidad de realizar movimientos realmente ágiles. Desde ese preciso momentos supimos que la realidad que nos esperaba sería dura y más adelante nos daríamos cuenta de que esa realidad es una consecuencia directa de muchos de nuestros actos diarios.

 

Se nos explicó que La Chureca tiene vida propia, es decir que muchas personas se nutren de ella. Es preocupante que un recogedor de chatarra expuesto a muchísimas epidemias gane más dinero que un guarda de seguridad de un banco. Ganadería dentro del basurero, pastando plásticos y produciendo una leche que luego se comercializa en pequeños mercados callejeros. Familias afincadas en mitad de La Chureca, mujeres embarazadas, niños jugando a pelota, pensamientos nublados, corazones encogidos que al igual que ahora que lo recuerdo me paralizan impidiéndome continuar hablando sobre todo lo que vivimos.

 

La vuelta a casa reflejaba nuestro estado de ánimo y lo que se estaba forjando dentro de cada uno de nosotros. NADIE dijo nada.